viernes, 18 de junio de 2010

Resulta que...

En mitad del camino me encontré por casualidad una manzana. Parecía una manzana común, de las que podrías encontrar en cualquier momento, no importa en qué lugar, y a las que no les das importancia.

Volví a mirarla y pude comprobar mi equivocación, esa manzana no era como las otras. Me acerqué, establecí la primera toma de contacto con la fruta y la guardé, inconscientemente, para siempre.

Poco a poco comencé a cuidar de la manzana, a valorarla más que a todas las otras frutas, a reconocer sus virtudes y a mimar sus imperfecciones. La manzana me permitió conocerla, empezando solamente por el tallo, después me regaló su confianza y me dejó conocer sus semillas y sin querer, o queriendo, conocí también la cáscara de la manzana.

Desde entonces solo tengo ojos para la manzana de mi frutero, la que llegó un día por casualidad y la que me alimenta, sin necesidad de triturarla con los dientes.

Para esta manzana lo tengo todo. Cuidaré siempre de la manzana para que se quede conmigo todo el tiempo que sea posible y sea feliz en este frutero. Seguiré escribiendo sobre ella y un día le pondré nombre, será tan bonito como mi manzana.